Cuánto cuesta una mala contratación (y cómo evitarlo)

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Contratar lleva tiempo, plata y energía. Pero hay un cálculo que casi ninguna empresa hace: cuánto cuesta cuando ese proceso no funciona. No hablamos solo de la búsqueda que hay que repetir. Hablamos de todo lo que se acumula antes, durante y después de una incorporación que no resultó.

El costo antes de la firma

Un proceso de selección tiene un costo propio aunque nadie lo contrate: las horas del área de personas o del dueño que lleva el proceso, las entrevistas de quienes participan, el tiempo de definición y redefinición del perfil. Cuando ese proceso termina en una mala decisión, ese costo no desaparece: se duplica porque hay que empezar de nuevo.

El costo durante la incorporación

Una persona que no encaja no rinde desde el día uno. Puede pasar semanas o meses en un proceso de adaptación que no llega a ningún lado. Ese período tiene un costo concreto: sueldo, tiempo del líder que acompaña, atención del equipo que absorbe lo que falta.

El costo después de la salida

Cuando la persona se va, el equipo que se queda siente el hueco. Hay tareas sin dueño, proyectos que se frenan, un clima que se resiente. Y está el costo de la marca empleadora: cada proceso que termina mal deja una historia que circula.

Lo que suele estar detrás

En SLC vemos que las incorporaciones que no funcionan casi siempre tienen una causa anterior a la entrevista: un perfil definido con urgencia, una alineación interna que no se hizo, una propuesta que prometió algo que el día a día no cumplió.

El proceso de selección no empieza cuando se publica el aviso. Empieza cuando la empresa se toma el tiempo de entender qué necesita, qué puede ofrecer y cómo va a decidir.

Ese trabajo previo es exactamente lo que hace la diferencia entre una incorporación que funciona y una que la empresa termina pagando dos veces.

En SLC acompañamos ese proceso de principio a fin. Porque el costo de contratar bien siempre es menor que el de contratar mal.